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de soledad y tristeza

El camino es largo y el horizonte quieto,
el aire arrastra y el tiempo cojea.
Es así cuando estoy solo…
cuando la soledad asoma.

Y es cuando llamo a la tristeza.
Y los tres con ecos y colores
matizamos mi campiña,
a mi antojo.

De la soledad mucho se ha hablado, y muchos pesares se le ha atribuido. Sin embargo, en estos tiempos me ha acompañado y aunque ser ermitaño no ha sido mi vocación y disfruto de las risas de los buenos amigos junto al vino… no obstante, doy fe que ella tan mala no es.

Estar con la soledad, podría ser un tiempo de mirar al espejo y descubrir la mancha en el alma, y quizás reconocer que nos desviamos y sería bueno regresar por el camino para llegar al cruce del desvío.

Y aquella vez estando solo, mientras buscaba al tiempo y el desvío, invoqué a la tristeza y dejé que toque mi corazón, y entre unos susurros brotaron los versos que llenaron mi espacio oscuro. Estos versos trajeron un altar, el altar del sacrificio, que de pronto ardía con algunas memorias del rencor que eché sin pensar, y en medio de un llanto arrojé sobre el altar el dolor del hijo que se fue… Las llamas en violencia iluminaron el antes oscuro lugar y un ave del verso me trajo los colores, primero los pasteles, y después sin esperar más, los fuertes y chillones… y sumergí mis manos en uno y otro color, mientras en danza coloreaba todo lo que a mi paso encontraba… danzaba con una melodía triste y otra vez mis manos en multicolor pintaban contornos y rellenaban las figuras sin saber, sin pensar… quedé agotado después de un largo tiempo… al mirar atrás me di cuenta que todo, cada esquina y hasta cada rincón había plasmado las bellas cosas que la vida me había concedido y me inundó un “gracias a la vida que me ha dado tanto” como a Violeta* en su canto. En medio de ese hermoso consuelo me quedé dormido.

*) Violeta Parra, memorable poetiza chilena autora de «Gracias a la vida»

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